Sigue el viaje del velero Piropo, con sus tripulantes Dani y Sandra, en su pretendido deseo de dar la vuelta al mundo por los trópicos.

MARTINICA (1ª Parte):Travesía de Granada a Fort de France (Martinica) y días de estancia en Martinica. Del 17 de febrero al 4 de marzo de 2012.

 

 

Tras nuestra breve estancia en Granada, nos tocaba irnos de la isla si queríamos intentar llegar a tiempo para recoger, en el aeropuerto de Martinica, a la hermana de Dani, Elena, que llegaba el 19 de marzo.

 

Desembarcamos con La Poderosa en tierra e intentamos tramitar los papeles de salida del país en la oficina de aduanas e inmigración lo más rápido posible pero no pudo ser ya que el agente de inmigración no había llegado y al parecer, se retrasaría bastante. Así pues, teníamos que esperar a que llegara. No había sustituto. Al cabo de una hora apareció y sobre las 11, estábamos levando ancla. Partíamos de Granada con una ligera pena porque nos habían quedado cosas por ver en la isla pero teníamos que asumir que en este viaje, sería imposible verlo todo. En breve además, con la temporada de huracanes que se iba acercando inexorablemente tendríamos que empezar a escoger las islas que querríamos visitar de las Pequeñas Antillas antes de navegar hacia el sur con destino a Venezuela. De todas formas, el momento todavía no había llegado y ahora navegaríamos rumbo a Martinica sin ningún pensamiento al respecto.

 

Salimos un poco de la bahía y subimos la mayor rizada por si acaso. Inflamos la génova y navegamos de empopada el corto trayecto que nos separaba de Salines Point. Desde allí, tomamos rumbo norte y el viento nos empezó a venir de ceñida a unos 18 nudos.

 

Dani se puso a probar un rato el piloto de viento que aunque ya lo habíamos probado en Barcelona, no acabábamos de usarlo nunca porque encontrábamos más cómodo el piloto electrónico ya que nos dejaba mas espacio en la bañera. De todas formas, esta vez tampoco dejamos el piloto de viento mucho tiempo porque la costa estaba cerca y la travesía que teníamos por delante se presentaba bastante exigente ya que tendríamos que ceñir lo máximo posible.

 

Hacía muy buen día, soleado, casi sin una nube. El viento era bueno, variaba entre los 15 y 20 nudos aunque en ocasiones alguna pequeña racha alcanzaba los 23 nudos.

 

Intentamos poner rumbo directo a Martinica, a 15º, pero lo máximo que alcanzábamos con la dirección del viento de donde venía y la corriente, era ir rumbo norte. En esa dirección avanzamos esperando a estar con Martinica por estribor para empezar a acercarnos a ella.

 

Dejamos atrás Granada, las Islas de Ronde y llegando a Carriacou, empezó a oscurecer. La noche la pasamos haciendo guardias y no sabemos porqué, sin horarios definidos. La noche tuvo casi una conversación monotemática.

 

-No, no, duerme tú.

 

-No, no, duerme tú que yo ya he dormido un montón…

 

Y así fue que apenas dormimos ninguno de los dos aunque no hubo problema porque el día siguiente, lo teníamos entero para recuperar lo que no habíamos dormido esa noche ya que la travesía aún duraría un día más.

 

El día estaba exactamente igual que el día anterior aunque justo al principio de la mañana sopló un poquito menos de viento, de 12 a 15 nudos. No obstante, esta situación no duró mucho y rápidamente se establecieron los ya habituales 20 nudos. Los Alisios, como era costumbre, a medida que avanzaba la temporada se iban relajando y ya no soplaban los 25 y más nudos que soplaban al principio de llegar al Caribe y durante toda nuestra estancia en las Granadinas.

 

Pasábamos ya San Vicente a lo lejos y aún quedaba un mundo para llegar a nuestro destino porque todavía había que pasar por el canal que separaba San Vicente de Santa Lucía, luego pasar Santa Lucía, más tarde el canal que separaba Santa Lucía de Martinica y después, navegar un buen trecho de Martinica. La verdad es que la travesía se estaba haciendo larga y pesada porque teníamos prisa. Queríamos llegar a la hora para recoger a Elena en el aeropuerto y aunque sabíamos que si no llegábamos a tiempo no pasaba nada, nos hacia ilusión poder recogerla puntuales. Confirmado, navegar con prisas es todo menos un placer.

 

La mañana la seguimos dedicando a la lectura y también a dormir mucho intentando de esta forma, recuperar el sueño perdido de la noche anterior y estar lo más descansados posibles para la noche que venía.

 

Por la tarde ya, intentamos hacer un bordo para ganar algo al viento pero vimos que nos desviábamos mucho y decidimos dejar la tentativa para más adelante para ver si con suerte, el viento se ponía más de norte y nos permitía dirigirnos más al este. Estábamos a esas horas ya bastantes cansados de la travesía en ceñida. El barco inclinado y los rociones de agua hacían incómoda la navegación. Con lo agradables que eran las travesías en portantes. Nos habíamos acostumbrado a lo bueno muy fácilmente. Navegamos de esta forma toda la noche y seguimos con guardias desordenadas atendiendo sólo a los respectivos cansancios. En el exterior hacía bastante frío pese a estar en los trópicos pero es que en el mar, navegando, casi siempre hace algo de frío.

 

De todas formas, lo que más nos preocupaba era el timón. La mecha del timón tenía un extraño movimiento que no le correspondía. Nos habíamos percatado de un movimiento minúsculo en alguna travesía anterior, pero en esta, navegando de ceñida, se notaba mucho más aunque el movimiento era sólo de uno o dos milímetros. Estábamos ligeramente preocupados porque no sabíamos a qué se debía y si era grave. No temíamos quedarnos sin gobierno pero siempre se te pasaba por la cabeza. Decidimos que en Martinica, sin falta, tendríamos que dedicarnos a reparar cosas. La principal era sin duda el timón, pero también nos preocupaba una perdida de aceite que tenía el motor aunque este segundo problema no era gravísimo porque la pérdida sólo se producía cuando el motor funcionaba. Así pues, mientras se controlara el nivel de aceite, se podía ir funcionando. Pero no era plan. Así que era otra cosa para solucionar. En Martinica tendríamos trabajo.

 

Bien entrada la madrugada estábamos delante de Martinica y de la Bahía de Fort de France. Nuestro destino concreto en la isla era Fort de France, la capital. Habíamos escogido ese fondeo únicamente porque era el lugar más cercano y cómodo para conseguir un modo de transporte para ir al aeropuerto. Hicimos un bordo para acercarnos a la isla y al cabo de un buen rato, viendo que algo nos habíamos aproximado pero que si seguíamos haciendo bordos no llegaríamos a tiempo para recoger a Elena en el aeropuerto, decidimos poner el motor. Era un riesgo por la pérdida de aceite pero era una pérdida pequeña y justo antes de salir de Granada, Dani lo había rellenado por si tocaba navegar algo a motor.

 

Y entonces empezó el lento avance a motor. Nuestro destino estaba justo de donde venia el viento pero poco a poco conseguimos llegar por fin a la Baie des Flamands que era donde se situaba Fort de France.

 

Aproximándonos teníamos muchas dudas de si tendríamos sitio para fondear ya que la guía náutica comentaba que el lugar era muy pequeño y que a su vez, estaba siempre llenísimo de barcos porque era muy popular debido a su céntrica ubicación. Su tamaño reducido nos lo podíamos imaginar viendo la carta y porque había que dejar un importante espacio para que pudieran maniobrar los grandes cruceros que amarraban en el largo muelle que había en el extremo del fondeo así como para que pasaran los pequeños ferries que casi continuamente, llevaban pasajeros a Fort de France. No obstante, llegando al lugar vimos que aunque habían bastantes veleros fondeados, existía un buen espacio disponible en la zona más profunda del fondeo así que echamos el ancla sin problema aliviados de no tener que buscarnos otro lugar. Eran todavía las 11 de la mañana y Elena no venía hasta las 16:50 horas. Teníamos pues un pequeño margen para ordenar el barco.

 

El fondeo en Fort de France era bastante curioso porque estábamos justo en el centro de la ciudad, enfrente del paseo marítimo de la ciudad y al lado de Fort Sant Louis, una fortaleza militar que empezó a construirse en 1640 y que en la actualidad, seguía funcionando como base militar por lo que sus puertas no estaban abiertas al público. El agua del fondeo además, no se veía sucia pese a estar enfrente de la ciudad y nos bañamos y nos enjabonamos en ella sin ninguna aprensión.

 

Tras el baño bajamos a tierra con la intención de averiguar cómo podríamos ir al aeropuerto de la forma más económica posible. En la ciudad se notaba que habían pensado en los transmundistas porque el paseo tenía varias escaleras y cornamusas donde se podían dejar atados los auxiliares. La población era, como en el resto de islas del Caribe, casi totalmente negra. Esa circunstancia no variaba en Martinica aunque fuese un Departamento de Ultramar de Francia, es decir, Francia a todos los efectos. En cambio, sí que se notaba en toda la infraestructura urbana, señalizaciones, luces, aceras, comercios… que era casi igual a cualquier ciudad de Francia. Aunque lo que más nos llamó la atención al desembarcar era que nos percatamos que estábamos en plenas fiestas de carnaval. Que suerte. Y nosotros sin saberlo. Habían por todos lados puestos de disfraces, terracitas provisionales de comida local y barbacoas y sobretodo, mucha gente disfrazada. Los disfraces eran peculiares porque era un carnaval muy diferente a los carnavales que hasta la fecha habíamos visto o conocíamos. Durante todo el día la gente va disfrazada aunque el concepto de disfraz era un poco diferente al que solíamos tener. Aquí la gente no se preocupaba por un disfraz perfecto sino que simplemente, cada uno debía vestirse con los colores que ese día eran los correspondientes. Por ejemplo, el martes era el rojo y el miércoles era el negro y blanco. Las chicas solían ponerse una camiseta del color correspondiente, unos pantalones muy cortos, medias de rejilla y calcetines gordos de lana como si fueran calentadores de aerobic de los años ochenta. Es más, al principio pensábamos que todas iban disfrazadas de aerobic aunque las medias de rejilla no pegaban mucho. Siempre intentan vestirse muy sexys independientemente de su condición física y se podía observar con frecuencia, sin ningún pudor, mujeres muy obesas vestidas con medias de rejilla y pantalones y camisetas muy ceñidos, hecho que nos parecía francamente bien. ¡Fuera complejos! Los disfraces de los chicos eran más simples, camisetas del color que tocaba y listo. Siempre había alguien que se disfrazaba más elaboradamente de algo relacionado con el color pero solía ser una excepción. Cuando transcurría la cabalgata en cambio, sí que solían ser más elaborados los trajes aunque cada uno iba bastante libre dentro del color que tocaba. Así pues, en la cabalgata o rúa, no existían por tanto, excepto alguna excepción, grupos cerrados que se disfrazaban todos iguales con disfraces muy elaborados. Cualquiera se podía sumar a la fiesta e ir bailando.

 

Fort de France estaba abarrotadísimo aunque no sabíamos si las fiestas acababan de empezar o llevaban muchos días.

 

Delante del paseo marítimo vimos un Mc Donald’s y como era pronto para ir al aeropuerto y llevábamos desde Tenerife sin probar su menú casero y su atención familiar, decidimos entrar un momento a comer su tersa carne. Tras la satisfactoria comida, decidimos centrarnos en averiguar como llegar al aeropuerto. Preguntamos a varias personas en inglés pero en Martinica, como en Francia en general y también como pasa en España en bastantes ocasiones, al tener un sistema educativo pésimo con los idiomas, la gente no solía dominar los segundos idiomas y se bloqueaban bastante cuando te dirigías a ellos. Enseguida decían que no hablaban inglés aunque creíamos que era fácil entender “airport” o “bus” o incluso “collectif” o “autobús” que lo decíamos en castellano y que en francés se escribe igual aunque seguramente, se pronunciaba de forma muy diferente. Al final, conseguimos aclarar que era domingo y carnaval y que no habían autobuses al aeropuerto. Mala suerte. Había que buscar un taxi. Pero tampoco esto parecía fácil. Las calles del centro estaban bloqueadas al tráfico por un cordón policial en el que incluso registraban, aunque someramente, a absolutamente todas las personas que iban a ver o participar en la cabalgata del carnaval. Nosotros éramos los únicos que pasábamos el cordón en sentido inverso. En el exterior del bloqueo, había un colapso de coches y de autobuses especiales que traían a gente. No se veía un solo taxi. Preguntando más y más, encontramos en la terminal de ferris ínter-islas tres taxis parados con sus conductores adormilados por la inactividad. Les preguntamos por la tarifa de ir al aeropuerto y nos dijeron que 30 euros. Según ellos, aún teníamos suerte porque como era festivo y había menos tráfico de salida, normalmente cobraban 40 euros. No había opción así que nos subimos a uno y llegamos al aeropuerto cuando aún quedaba más de una hora para que llegara Elena. El avión también se retrasó un poco y tras dos horas en el aeropuerto por fin vimos a Elena saliendo por la puerta de salidas.

 

Esperábamos un feliz encuentro pero lo primero que nos dijo fue:

 

-¿Qué hacéis aquí? Yo no os esperaba. Unos amigos míos de aquí me están esperando y me han buscado un sitio para dormir estos días.

 

Las conversaciones rápidas por el teléfono satélite habían producido una gran confusión. De comentarle que no estábamos seguros de que llegaríamos a tiempo y que por si acaso, se buscara una alternativa por si no podíamos llegar a tiempo al aeropuerto, se entendió que seguro que no llegamos y que se buscara una alternativa.

 

Enseguida Elena vio a su amigo Bruno con sus dos hijos pequeños, Luna y Kenzo, que le estaban esperando. Nos presentamos y quedamos que Elena se quedaría al menos dos noches en la casa de la amiga de Bruno que se dedicaba a alquilar habitaciones y luego, ya vendría al barco para estar con nosotros.

 

Ya con los nuevos planes claros, nos fuimos todos en el coche de Bruno a Ste-Luce, que era donde vivía Sandrine, la amiga de Bruno propietaria de la casa donde se quedaría Elena.

 

En el coche pudimos confirmar que Martinica era parte de Francia. Tenía autovías en perfectas condiciones y zonas industriales y comerciales iguales a las que pueden existir en Europa con grandes concesionarios de coches o enormes centros comerciales con Carrefour, Mc Donald’s, cines, etc. Los vehículos eran todos nuevos exactamente a los que podrías encontrar recorriendo Francia. No obstante, muy diluidas peculiaridades caribeñas todavía estaban presentes en Martinica lo que la hacían parecer, si te fijabas mucho y aunque fuera en algún minúsculo detalle, a otras islas del Caribe. Por ejemplo y como antes hemos comentado, la población era casi en su totalidad de raza negra y además de hablar francés, hablaban en criollo o “creole”, un idioma en el que se mezclan estructuras gramaticales de África Occidental con un vocabulario básico de palabras francesas que habían sido africanizadas. Aparte de esto, existían otros detalles que situaban a Martinica en el Caribe como por ejemplo, que se agolpaban en las cunetas de las rotondas de las amplias autovías puestos de vendedores de frutas o de comida como pollos asados, algo que sería impensable en la metrópoli que es como llaman a la Francia situada en el continente europeo. En los pueblos o ciudades habían muchos minúsculos puestos callejeros que preparaban fritos o comidas diversas o en las playas vendían helados caseros. Al parecer, como nos comentó Bruno que era policía, todo alegal. Nos sorprendió la diferencia con Europa en que las normas de sanidad, tributarias y administrativas en general habían coartado radicalmente, o al menos dificultado, actividades de ese tipo. En Martinica se toleraban en un intento de apaciguar los sentimientos de rechazo a la metrópoli que al parecer en Martinica son minoritarios pero que en Guadalupe, una isla más al norte también perteneciente a Francia, están mucho más generalizados incluso con sentimientos independentistas.

 

Tras una media hora de coche llegamos a la casa donde se iba a quedar un par de noches Elena. La casa, aunque de un tamaño medio, era muy bonita, con un tejado típico martiniqués, una bonita piscina y absolutamente abierta al exterior. El amplio salón tenía continuidad hasta el borde de la piscina y una de las paredes simplemente era una enorme persiana blanca enrollable que debería estar permanentemente abierta. Ventajas de vivir en los trópicos. Aunque nos preguntábamos si no tendrían problemas con los bichos. La propietaria y amiga de Bruno era Sandrine, una mujer de unos 40 años. Vivía en Martinica desde muy pequeña porque su madre se fue a vivir allí con ella cuando todavía era una niña. Su hijo era jugador de fútbol en la primera división francesa y al parecer, ese año había sido el fichaje más caro de toda la historia en el equipo en el que jugaba. El actual marido de Sandrine, Toni, nos pareció el típico martiniqués y como buenos amantes del carnaval, cuando llegamos a la casa ya tenía montado un buen ambiente de fiesta. Habían varios amigos de ellos allí y nos invitaron a bebidas, algo de picoteo e incluso a un trozo de carne de cerdo a la brasa que estaban haciendo con una salsa de mostaza muy buena. Al parecer, la carne a la brasa era muy típica en Martinica, sobretodo de pollo. Había mucha bebida y no paraban de ofrecérnosla. De repente sacaron unos bongos y se pusieron a cantar canciones en criollo. Era espectacular el ritmo que tenían porque variaban el mismo sin ninguna dificultad. En una de esas intentaron enseñar a Sandra a tocar dicho instrumento e inmediatamente después, intentaron hacer lo mismo con Dani. Con este se enfrascaron bastante más tiempo aunque tampoco sacaron nada positivo.

 

Era ya tarde cuando Bruno tenía que volverse ya a Fort de France que era donde vivía y de paso nos llevó al barco. Elena se quedó en la casa de Sandrine. Bruno había estudiado castellano en el instituto y muy humilde, creía que lo hablaba muy mal pero no era cierto y por el contrario, lo hacía muy correctamente e incluso se podían llevar con él conversaciones de temas complejos. Era una suerte porque podíamos hablar con él sin ningún problema.

 

Llegamos al paseo marítimo y nos despedimos de Bruno hasta el día siguiente en el que habíamos quedado para comprar ropa para ir a una fiesta privada de carnaval que se celebraba en un chalet y cuyo tema era “transpagant”. Vamos, como suena transparente en francés. Una temática que al principio nos pareció un poco rara.

 

Ya en el barco descubrimos un hecho muy desagradable. Había una cucaracha en el barco. Era la primera vez que veíamos a una. La buscamos y la matamos con insecticida. Deseamos que fuera sólo una y que no hubieran más pero ¿cómo había llegado hasta allí si hacía más de dos meses que no tocábamos puerto?¿Con la fruta?¿Volando?¿Volaban?¡Que asco!

 

Pese al susto, caímos rendidos a la cama después del ajetreado día y dormimos de un tirón.

 

Al día siguiente habíamos quedado con Bruno, Elena y Sandrine que nos recogerían cerca del barco. Mientras esperábamos compramos algo en los tenderetes callejeros para la fiesta de la noche y para que no pareciéramos unos sosos en ella. Al parecer, en la fiesta “transpagant” también se podían llevar cosas blancas y compramos unas pelucas blancas y unas boas de plumas del mismo color. Además, Sandra se compró un vestidito blanco bastante bonito que le serviría para otros días y Dani, una camiseta de tirantes de rejilla muy hortera que no le serviría para nada más. De esta forma iríamos de blanco y bastante esperpénticos. No nos podrían decir nada. Pero al llegar Bruno y explicarle como íbamos vestidos dijo que no. Que no habíamos captado el matiz de la temática de la fiesta. Acompañamos a Bruno en sus compras y poco a poco, fuimos entendiéndolo. La temática de la fiesta era más bien “provocatifff”. Bruno se compró unos calzoncillos con mensajes en el culo que se vendían en todos los tenderetes y Dani tuvo que comprarse uno apartando la idea de que esa noche en la fiesta iría con el bañador blanco largo.

 

Desde allí nos fuimos a la playa de Ste-Luce para comer. La playa era bonita aunque nada parecido a las playas de las Granadinas. También estaba abarrotado de turistas bastante maduritos. Al parecer, Martinica era para Francia como Benidorm en invierno para España. El sitio donde íbamos a comer estaba cerrado por lo que nos sentamos en el restaurante de al lado. El lugar era agradable porque nos sentábamos sobre la arena pero el servicio muy lento. Bruno el pobre, cansado de esperar, se levantaba a la barra para pedir las cosas e incluso iba y venía ayudando con lo platos ya que los veía enfriándose aparcados en la barra. La comida de carne o lambi a la brasa con arroz, la sirvieron fría y como final de fiesta, treinta euritos por persona. Al menos el postre estaba muy bueno porque era un flan con sabor a coco.

 

De la playa nos fuimos a casa de Sandrine a prepararnos para la fiesta aunque tuvimos que pasar antes por una gasolinera a comprar algo de bebida para la fiesta. Era una fiesta peculiar porque se pagaba entrada (20€ por persona) y además se debía llevar la bebida. Entendíamos que al ser una fiesta privada tenía esas peculiaridades.

 

Ya en la casa de Sandrine, ésta enseñó a Elena y Sandra los vestidos que tenía de carnaval para la fiesta. Sandra le enseñó el bonito vestido blanco que había comprado y Sandrine le dijo que no, que aunque fuera blanco no servía. Encima de la cama sólo habían tangas, ligueros, ropa sexy y muy transparente. Sandra y Elena se asustaron un poco porque parecía que había que ir un poco demasiado exagerado para su gusto. Sandra menos mal que encontró un vestido de danza del vientre con moneditas colgando bastante discreto. Elena mientras, escogió vestirse con ropa interior negra cubierta con una boa y un pareo. Los chicos mientas tanto lo tenían más fácil. Calzoncillos y algo más para complementar. Dani iba con la camiseta de rejilla, la boa y la peluca blanca. Bruno iba con tirantes de colores y una pajarita. Los calzoncillos ponían mensajes provocativos en el culo y por ejemplo en el de Dani ponía en francés: “Necesito mimitos”.

 

Tras estar ya todos preparados con nuestros discretos disfraces y esperar a que llegara Karine, la mujer de Bruno, nos subimos a los coches y nos fuimos para la fiesta. Por el camino nos juntamos con un coche en el que iban una pareja también amiga y seguimos el recorrido. La casa donde se celebraba la fiesta parecía que estaba en el fin del mundo. Tras un buen rato por la carretera nos metimos en un estrecho camino de tierra que subía y subía dando vueltas por un tortuoso camino rodeado de una espesa vegetación que sólo se podía contemplar cuando se alumbraba por las luces de los coches cuando se giraba en las curvas.

 

Llegamos al lugar y en un amplio aparcamiento bajamos por fin de los coches. Cuando vimos a la pareja que habíamos recogido fuera del vehículo fuimos comprendiendo que la fiesta, era efectivamente bastante peculiar y diferentes a las habituales en España. El chico iba sólo con calzoncillos y la chica, únicamente llevaba una especie de camisón totalmente transparente y un tanga.

 

Caminamos hacia la entrada y vimos que la pareja que habíamos conocido no era una excepción. Todos los participantes, independientemente de su condición física iban “transpagant”. Los hombres iban casi todos en calzoncillos así que Dani, que se había puesto una camiseta transparente, era de los más recatados. Las chicas iban de cualquier forma que pudiera considerarse sexy. Unas enseñando más y otras un poquito menos. Normalmente vestían con lencería aunque algunas iban más originales como una que no llevaba nada de cintura para arriba excepto dos tiritas cruzadas en cada pezón y que iba diciendo que estaba herida y que necesitaba cuidados. Ahora entendíamos bien la temática de la fiesta. Al menos nosotros, gracias a los consejos de nuestros amigos no llamamos la atención, ni por exceso ni por defecto.

 

Nos lo pasamos muy bien, bailando y sobretodo, riéndonos mucho de las pintas de la gente porque había de todo.

 

En la fiesta, los chicos intentaban ligar de forma muy directa aunque muy respetuosos ante la negativa. A Elena le preguntaron si quería tener una experiencia con algo exótico y a Sandra si quería probar algo típico de Martinica. Dani por su parte, también tuvo lo suyo con un tipo enorme vestido de conejito. Al preguntarle si le podíamos hacer una foto que aceptó encantado, nos dimos cuenta que era muy gay. El chico le preguntó a Elena si sabía si Dani era homosexual o heterosexual y Elena, muy “simpática” ella, le dijo que no lo sabía porque era su hermanito pequeño. Él le respondió que ya lo descubriría.

 

El lugar de la fiesta era muy bonito con una piscina iluminada y un jardín aunque la idea de que era una fiesta privada de unos amigos tenía poco de cierto porque estaba abarrotadísima. No nos preocupaba. Al contrario, estaba bien que fuera muy animada.

 

La fiesta a medida que pasaban las horas se iba desmadrando más. Los servicios eran absolutamente insuficientes y los hombres iban a un lugar detrás de la casa para orinar entre los coches y los árboles de la vegetación. La primera mitad de la noche el lugar era solamente un gran y asqueroso servicio al aire libre, pero a medida que pasaba el tiempo y los “amores” iban surgiendo, el lugar se fue transformando en un picadero. En la oscuridad se veían muchas parejas donde antes sólo se veían hombres. ¿Sabría alguna de esas parejas para lo que se había utilizado ese lugar poco tiempo antes?

 

La fiesta empezó pronto, 21:30, si atendemos a los cánones extraños de España que empiezan a las 00:00, pero a la una se interrumpió la música de golpe. Los rumores del motivo eran varios, unos decían que la fiesta era ilegal y que la policía había llegado para cerrarla y otros decían que en el camino tortuoso y minúsculo de acceso y salida, había un coche mal aparcado que bloqueaba el paso a los cientos de personas que habían allí y que los organizadores no volverían a poner la música hasta que no quitaran dicho vehículo. El caso es que la música paró y como la situación se alargó, la gente fue retirándose. Así pues, el segundo rumor quedó descartado aunque no del todo, porque Elena, Sandrine y Toni, que también se fueron en ese momento nos contaron al día siguiente que se pasaron más de una hora bloqueados en el mismo sitio. Al parecer, el conductor de un coche se había quedado dormido en medio del camino y como a duras penas había dos sentidos de marcha, pues se había montado el descomunal atasco.

 

Nosotros, mientras tanto, nos supo mal que la fiesta se acabara porque estábamos bastante animados, pero con el paso del tiempo, empezamos a adormilarnos. A eso ayudaba el ver a la gente yéndose y que ya no nos sorprendía los disfraces porque ya los teníamos todos vistos. No obstante, Bruno y Karine seguían animadísimos y como Martinica era casi como un pueblo donde la gente se conocía bastante y ellos son bastante populares, no paraban de saludar a todo el mundo. A nosotros nos sabía mal poner cara de cansados cuando ellos estaban tan animados y aguantábamos como podíamos. Tras dos horas sin música, sin saberse por qué, empezó de nuevo a sonar. Como si nada hubiera ocurrido. Pero ya era demasiado tarde. Estábamos reventados y era difícil volverse a animar. Además, la fiesta se había quedado con muy poca gente. Bruno y Karine se dieron cuenta de nuestras caras cansadas y nos ofrecieron su coche por si queríamos descansar y lo aceptamos. Sólo introducirnos en él nos quedamos profundamente dormidos uno sobre el otro. Que bien dormimos. Al rato, más de una hora más tarde, nuestros amigos aparecieron e iniciamos el camino de regreso a Fort de France. Karine se durmió enseguida y en la autopista, Bruno le pidió a Dani si le apetecía conducir porque se estaba durmiendo. Dani estaba bastante despejado y llevó el coche hasta el paseo marítimo justo delante del Piropo. Estaba ya amaneciendo cuando cogimos a La Poderosa rumbo hacia nuestro placentero descanso.

 

La verdad es que, pese al gran paréntesis de la música y el precio, la fiesta valió mucho la pena y fue una experiencia bastante especial ya que nos permitió ver el Carnaval de Martinica más auténtico, el de las fiestas nocturnas donde se produce un descontrol mayor. Una verdadera fiesta martiniquesa de carnaval.

 

Por la mañana del día 21 de febrero, a las 13 horas, Elena vino a buscarnos con el coche que habíamos decidido alquilarle a Sandrine. Al parecer, aparte de arrendar habitaciones, tenía un vehículo para alquilar y nos lo ofreció por una semana a 25 € el día. Bruno también vino a la misma hora con su coche desde su casa y todos juntos, nos fuimos a comer algo rápidamente. Más tarde, nos dirigimos a una pequeña playa cercana a Fort de France que estaba a los pies de un hotel de lujo y a la que sólo se podía acceder a través del mismo establecimiento pese a que era una playa pública. Allí Bruno nos dejó porque tenía que volver a su casa y nosotros tres pasamos una buena tarde hablando de todo y bañándonos en el azul turquesa del agua.

 

Sobre las 17 horas de la tarde Bruno apareció de golpe vestido de animadora totalmente de rojo muy respetuoso con el color que tocaba ese día en el Carnaval. Nos hizo mucha gracia, encontrárnoslo de golpe vestido así, en medio de los turistas del hotel que no estaban disfrazados. Bruno era policía y arbitro de fútbol de muy buen nivel y nos preguntábamos que pensarían los delincuentes o los jugadores si lo veían así. Los delincuentes no lo sabemos pero los jugadores, a los que se iba encontrando continuamente por toda la ciudad lo vieron con la mayor naturalidad del mundo.

 

Cogimos el coche y lo dejamos en un centro comercial de las afueras desde donde se podían coger autobuses gratuitos al centro que iban bastante abarrotados de la multitud de gente que se desplazaba a la vez para ir a ver y participar en el Carnaval. Ya en la ciudad, pasamos el cordón de seguridad que rodeaba todo el centro y en el que sólo nos registraron las bolsas y empezamos a ver cómo era el Carnaval de Martinica que era bastante diferente a los Carnavales que conocíamos de España. En España por ejemplo, las rúas o cabalgatas suelen ser recorridos establecidos rodeados de público donde van transitando las comparsas que son grupos organizados y cerrados que se pasan casi un año preparándose un disfraz muy trabajado e igual y normalmente, cada grupo va bailando la misma coreografía seguido de una gran carroza que va poniendo la música correspondiente. En Martinica no era así. En toda la zona vallada, que era gran parte de la ciudad de Fort de France, los grupos iban y venían por donde querían. De esta forma, había veces que no pasaba nadie y en cambio, por la calle de al lado, no sólo había un grupo, sino que habían dos y uno iba adelantando al otro a toda velocidad. Los grupos solían tener a un conjunto de gente con tambores que eran los que ponían la música y que sí solían disfrazarse igual pero detrás, bastante apretados y a bastante buena velocidad, había un montón de gente, algunos sólo vestidos con camisetas del color del día, que iban bailando apelotonados. Cualquiera podía sumarse a cualquier grupo y bailar con ellos durante todo el tiempo. Muchas veces se veían turistas que querían sumarse a la fiesta e iban bailando en los grupos empapados en sudor intentando aguantar el elevado de ritmo de baile y de avance bajo el calor del sol que se intensificaba mucho por el negro asfalto. El horario de la fiesta era de 16 a 19 horas, en plena tarde, por lo que el sol estaba presente al menos durante dos horas.

 

Otra característica de la fiesta eran los coches destinados al desguace o recuperados de él que, totalmente abollados, iban repletos de gente por dentro y por fuera. Frecuentemente, y sin meterles la marcha, aceleraban hasta tal punto que se oía un potentísimo petardazo. Daba grima escucharlo. Al parecer, desde hacía unos años exigían a esos vehículos tener una licencia especial que se les concedía sólo por unos días ya que antiguamente, el último día de Carnaval siempre se dejaban abandonados y la ciudad parecía un cementerio de coches.

 

Algunas carrozas también habían pero mejor que no las hubieran porque eran las típicas de publicidad que simplemente anunciaban el producto, con tres chicas bailando y la música a toda pastilla. Personalmente, nos parecía que no pintaban nada y estropeaban mucho la fiesta popular. En España también era costumbre. En la última cabalgata de reyes de Barcelona que presenciamos vimos a los reyes entre camiones de Coca-cola y MoviStar por ejemplo. Para nosotros, un sinsentido. Los niños no tienen que relacionar los reyes magos llevando regalos a los niños con camiones de bebidas y de teléfonos móviles. Después se quejan que los niños tienen un buen cacao mental, no tengan valores y sean consumistas. Las fiestas populares se pagan por la gente y si no hay dinero, pues se hace más cutre que no pasa nada que seguro que en toda la ciudad hay tres personas dispuestas a disfrazarse de rey mago. Y si no se encuentran, pues se deja de hacer la fiesta ya que significará que ha dejado de ser popular.

 

Tras la simpática fiesta, donde como es habitual en Carnaval, hay gente verdaderamente espectacular, volvimos a los buses y con ellos a los coches.

 

Por el camino vimos a un chico tumbado en el suelo rodeado de gente. Al parecer le habían clavado un navajazo en la barriga. Entre la juventud de Martinica, según Bruno que era policía, habían bastantes problemas de delincuencia. Al día siguiente nos enteraríamos que a dos niñas adolescentes turistas, las habían violado salvajemente unas personas encapuchadas. Esta noticia al principio, nos hizo pensar que la isla era especialmente peligrosa pero le preguntamos a Bruno si estadísticamente habían más violaciones que en Paris por ejemplo, donde él también había estado trabajando como policía durante un tiempo y nos dijo que no, que muy parecido.

 

Ya en el coche, y tras ir a recoger el vehículo de alquiler que lo habíamos dejado cerca de la playa y luego, ir a recoger el vehículo de Karine que lo habíamos dejado la noche anterior en Ste-Luce, dejamos a Bruno en su casa y regresamos al Piropo. Para Elena, iba a ser su primera noche durmiendo fondeada en un barco, ¡y sorpresa!, el minúsculo movimiento del Piropo fondeado le producía mareo. A nosotros en cambio, estábamos tan acostumbrados que no parecía que el barco ni se movía y que estaba absolutamente quieto.

 

Mientras cenábamos apareció otra horrible cucaracha que Sandra rápidamente mató. Aquello confirmó que la cucaracha anterior no había sido una casualidad y que debían de haber varias. Nos sorprendió porque la perfecta higiene en el barco era algo indudable. Sandra lo limpiaba muy habitualmente entero e incluso con frecuencia, levantábamos todas las tablas del suelo para limpiar bajo ellas, lo que solía ser una faena de chinos porque van atornilladas y encajadas. Pero en un barco los huecos son muchos y en cualquier lugar podría haber anidado alguna que hubiera podido nacer de un huevo que se hubiera colado en el barco en alguna fruta o caja de las que envuelven las latas. Lo que estaba claro es que teníamos que ir a un supermercado y comprar cualquier trampa o veneno que viéramos anticucarachas y acabar inmediatamente con ellas. ¡Qué asco! Encima estaba Elena, nos moríamos de vergüenza por que pudiera pensar que siempre vivíamos así. No obstante, creo que vio en nuestras caras de pánico y disgusto y seguramente ni se le pasó por la cabeza. La pobre Elena mientras, muy mareada, debía estar preguntándose que estaba haciendo subida a ese barco. Acababa de enterarse que nos duchábamos con agua salada y que a ella le tocaría hacer lo mismo. Además, al parecer, mucho paseo en barco no podríamos hacerle porque el velerito no estaba en muy buenas condiciones con un timón que tenía un ligero movimiento que no tocaba y un motor que perdía aceite. Y sobretodo, parecía que había que convivir con repugnantes cucarachas. Menudas vacaciones.

 

El día 23 de febrero fue el primer día en el que nos dedicamos a visitar la isla aprovechando el coche de alquiler. Para ello cogimos la carretera que saliendo de Fort de France se dirigía al Sacré-Coeur de Balata, una iglesia que era réplica de la basílica parisiense del Sacré-Coeur aunque mucho menos blanca y mucho más pequeña. Desde allí, avanzamos por la Route de la Trace, una estrecha carretera llena de curvas que serpenteaba por el centro de la isla a través de la frondosa selva tropical que abarcaba gran parte de la mitad norte de Martinica. Las zonas costeras tenían otro tipo de vegetación porque las lluvias, en esas zonas, eran mucho menos abundantes. A medida que avanzamos, la exuberante vegetación se iba haciendo cada vez más espesa. La peculiar carretera, con una constante pendiente hacia arriba fue elevándonos respecto al nivel del mar y las abundantes nubes grisáceas fueron acercándose paulatinamente hasta que la niebla fue apareciendo. Luego llegamos a Morne Rouge, un pequeño pueblo donde paramos en un supermercado para comprar algo para la comida y de paso, algo para eliminar a las “simpáticas cuquis” y de allí, seguimos ascendido por la carretera hacia el Mont Pelée, la montaña más alta de la isla. Nos acercamos al máximo a la cima aunque hasta allí no se podía llegar en vehículo, sólo a pié, aunque alcanzamos un mirador desde el que no se podía observar nada porque la visibilidad era muy reducida. El viento además, era muy fuerte y frío. El día no invitaban a caminar aunque tampoco lo teníamos previsto.

 

Desde el mirador del Monte Pelée, descendimos por la carretera que seguía rodeada de una frondosa vegetación hasta la ciudad de St-Pierre que fue la antigua capital de la isla hasta que una violenta erupción el 8 de mayo de 1902, arrasó la que era considerada la París de las Antillas y perecieron la mayoría de sus 30.000 habitantes. Ahora, llamaban a la ciudad la Pompeya del Caribe y no sabíamos si antes era parecida a París, pero lo que si estamos seguros es que ahora, no se parecía en nada con Pompeya. Efectivamente, se podían observar algunas pequeñas ruinas que ofrecían un testimonio mudo del horror que debió vivir la ciudad aquel día pero la cantidad y calidad de los restos diferenciaba mucho a la ciudad con Pompeya. Habían los restos de un teatro que al parecer se construyó replicando al de Burdeos, escaleras y muros de piedra calcinados y la estructura de la antigua prisión donde se encontraba Antoine Ciparis, que según la leyenda local, fue el único superviviente que se salvó de la tragedia porque la noche anterior, le encarcelaron por borrachera en las sólidas y gruesas paredes de su celda. Aunque parece ser, esta historia era bastante incierta porque otros pocos habitantes de la ciudad también pudieron sobrevivir.

 

Ahora el lugar era una pequeña ciudad de 6000 habitantes muy tranquila. En su amplia bahía, llena de naufragios muy interesantes para los buceadores, existía un apacible fondeo para los veleros. No obstante, en la oficina de turismo vimos unas fotos de un temporal, seguramente tomado en época de lluvias, que quitaban las ganas de acercarse allí con barco ya que aparecía el muelle que había en la ciudad justo en el momento que parecía que iba a ser engullido por una serie de enormes olas marrones.

 

Paseamos por arena negra de la playa de St-Pierre y en ella, Elena se gravó el nombre de sus hijos en la arena y se hizo una foto para que ellos la vieran a su regreso. Desde dicha playa, continuamos ya con el coche por la carretera que, bordeando la costa oeste de la isla, llegaba más al norte. Cerca de una playa donde había unas mesas de madera paramos a comer y, en un árbol cercano y mientras descargábamos las cosas del coche, Sandra, la oteadora siempre atenta, descubrió una enorme y peluda tarántula caminando tranquila por el tronco de un árbol. Curioso aunque asqueroso descubrimiento. Ya en las mesas y mientras estábamos empezando a preparar los bocadillos, se puso a llover con bastante intensidad. Corrimos hacia el coche y nos tocó comer en su interior. Comimos allí bastante incómodos porque si abrías las ventanillas te mojabas y si las cerrabas, te asabas, así que en cuanto pudimos, nos pusimos en marcha de nuevo para llegar a donde finalizaba la carretera que era una pequeña rotonda donde en las cunetas, habían coches aparcados. Desde la rotonda salían tres senderos, uno que iba a una cascada, otro que recorría bastante la costa norte de la isla y otro que iba a la cercana bahía de Anse Culebre. Como esta bahía parecía que estaba muy cercana, fuimos paseando bajo la lluvia hasta allí y descubrimos una larga y cerrada bahía que contenía una salvaje playa que estaba ocupada por no demasiados turistas. En dicha playa no permanecimos mucho porque la lluvia no cesaba y por ello, regresamos rápidamente al coche al cobijo de una larga hoja que encontramos tirada en el suelo y que utilizamos a modo de paraguas. Por el camino, Sandra y Elena pudieron observar un extraño mamífero que parecía un roedor.

 

Ya en el coche, desandamos el camino y volvimos a pasar por St. Pierre y por Le Morne Rouge y desde allí, en vez de regresar a Fort de France, fuimos a la costa este de la isla donde en Sainte-Marie, visitamos un pequeño museo del ron perteneciente a la destilería Saint James. Allí daban una pequeña degustación de varios tipos de rones y entre ron y ron, los turistas iban picando y compraban botellas. Elena se compró un par como recuerdo.

 

Desde Sainte-Marie, regresamos a Fort de France pasando antes por un gran centro comercial para recargar las provisiones del Piropo para largo plazo. Había que aprovechar que teníamos coche y que en Martinica había de todo lo que necesitábamos. De vuelta al Piropo descubrimos varias cucarachas. El problema se estaba agravando pero pusimos las trampas que al parecer, atraían a los asquerosos bichos y los atrapaban. Ya veríamos.

 

Por la noche, Sandra le preparó unos creppes de limón a Elena para que ella, que vivía en Francia desde hacía mucho tiempo, le diera su opinión sobre los mismos. Al parecer estaban muy buenos y Sandra se quedó muy orgullosa.

 

Al día siguiente, nos levantamos esperanzados que en las trampas que habíamos puesto la noche anterior, estuvieran todos los bichos indeseables del barco. Pero no, allí sólo había un asqueroso insecto pegado. ¡Menudo fracaso! Ya nos habían dado mala espina esas trampas que simplemente eran unas cajitas de cartón con pegamento que con un fuerte olor, pretendían que las cucarachas se acercaran a la caja y se quedaran pegadas. Tendríamos que buscar algo más venenoso.

 

Ese día nos quedaríamos en Fort de France porque esperábamos la visita del cuñado de Toni, el marido de Sandrine. Toni se había ofrecido a que su cuñado, que al parecer era mecánico de motores de barcos, le echara un vistazo al nuestro. Quedamos con ellos en tierra y además de Toni, el cuñado y Sandrine, apareció Bruno. Dani se fue con Toni y el mecánico hacia el Piropo y Sandra se quedo en tierra con Elena, Bruno y Sandrine. Dani, antes de subirse al auxiliar con sus acompañantes mantuvo una pequeña conversación que fue muy dificultosa porque ellos sólo hablaban francés.

 

-¿De qué marca es el  motor del barco?- preguntó el cuñado.

 

-Yanmar.- respondió Dani.

 

-Precisamente soy especialista en motores “yamayá”.

 

-¡Qué suerte!- Dijo Dani muy alegre ya que veía que el problema del motor se solucionaría rápida y económicamente. Pero al poco pensó que le sobraba una silaba a la marca del motor que decía el cuñado y le entraron dudas de que fuera la misma marca. Entonces apuntó en la grava del suelo la marca del motor y el mecánico dijo:

 

-No, no la conozco. No la había oído nunca. Yo soy especialista en “yamayá”.

 

Dani seguía sin entender en qué motor era el cuñado especialista por lo que le pidió que lo escribiera en la grava y descubrió que lo que decía era Yamaha . ¡Menuda decepción! No sólo no conocía los motores Yanmar, sino que al parecer, se dedicaba a motores fueraborda y no intraborda. Mal pintaba la excursión. De todas formas, Dani pensó que al menos, siendo mecánico, le podría decir alguna suposición del problema del motor más fundamentada que la que tenía él.

 

Llegaron al barco y el mecánico echó un vistazo al motor. No se le veía muy seguro pero le dijo a Dani lo mismo que él se había imaginado. Esta idea resultó muy imaginativa porque finalmente, no sería el problema. No obstante, agradecimos mucho su interés por ayudarnos desinteresadamente.

 

Bastante desalentados porque no habíamos avanzado mucho y ya todos juntos otra vez en tierra, fuimos a comer con Elena, Sandrine y Bruno a una de las carpas provisionales que en pleno paseo marítimo, y con motivo de los carnavales, daban comidas a base de carne a la brasa con una guarnición a base de ensalada y arroz. Bastante bueno pero muy frío y eso que habíamos visto como hacían la carne allí mismo. ¿Por qué dejarían enfriar la comida antes de servirla?

 

Tras la comida Bruno se fue y con Sandrine, pasamos la tarde visitando la ciudad y contemplando el carnaval que ese día, tenía como motivos otros colores, el blanco y el negro, pero por lo demás, fue parecido a lo que habíamos visto hacía dos días. Una vez ya finalizada la fiesta, Sandrine no tenía forma de volver a su casa y nos ofrecimos a llevarla a Sainte Luce que estaba un poco apartado de Fort de France.

 

Al día siguiente, 24 de febrero, tras estudiar todos los senderos posibles en la isla, decidimos hacer justo el que iba a la Cascade Coulevre, cerca de Anse Coulevre y que salía de la rotonda a la que habíamos llegado hacia dos días en el norte de la isla. Escogimos ese “randonee” (sendero en francés), porque parecía que transitaba por un bosque tropical y porque al final, había una gran cascada donde te podías bañar. Era un recorrido muy corto (1,5 horas) pero bueno, todo no se podía tener.

 

Cogimos el coche y hacía allí nos dirigimos. En St-Pierre compramos algo para comer y cenar y pasando por el merendero donde hacía dos día nos había llovido, se puso nuevamente a llover. Era como un lugar maldito. Seguimos por la carretera y la lluvia ya paró. Finalmente, llegamos al punto donde se iniciaba el recorrido.

 

El sendero era muy bonito porque además de estar rodeado de una exuberante vegetación tropical, transcurría en paralelo al cauce de un riachuelo y frecuentemente había que cruzarlo. La vegetación estaba llena de cañas de bambú y de gigantescos y maravillosos árboles. De muchos de estos árboles colgaban lianas y en alguna de ellas aprovechamos para colgarnos imitando a Tarzán. En otra, que estaba enganchada por los dos extremos en el árbol, nos columpiamos porque parecía que existía ex profeso para eso. Poco a poco fuimos avanzando por el sendero a la vez que charlábamos animadamente ya que la dificultad del recorrido era muy poca. El sendero estaba muy preparado y frecuentemente unos carteles explicativos te informaban de tu situación y de cuánto tiempo llevabas y cuánto te quedaba. Por fin, llegamos a la cascada que según habíamos leído tenía 20 metros pero a nosotros nos parecía bastante más alta. En ella había una familia que ya se habían bañado por lo que nosotros, sin dudarlo, nos metimos debajo justo de la cascada aunque costaba bastante porque si bien el caudal no era enorme, era suficientemente abundante para que fuera molesto aguantarlo sobre la cabeza. El agua era fresca pero no helada y el baño fue todo un placer. Cerca vimos a varios roedores grandes cuyos nombres desconocemos que se acercaron a beber y que parecían que no tenían demasiado temor a los personas.

 

La vuelta transcurrió como la ida aunque esta vez, íbamos con más cuidado de intentar mancharnos lo mínimo con el lodazal en que en ocasiones, se había convertido el sendero. No obstante, no fue posible evitar que los zapatos quedaran bastante cubiertos por el barro por lo que justo antes de subirnos al coche, nos los lavamos en el propio riachuelo.

 

Esa noche, como estaba siendo habitual, nos volvimos a acostar tarde hablando de muchas cosas.

 

Al día siguiente seguimos con la visita de la isla. Esta vez tocaba la parte sur donde se encontraban las mejores playas. Pasamos por Le Marín y observamos por qué dicen que es el centro náutico del Caribe. Habían cientos y cientos de barcos. La mayoría fondeados en la enorme y tranquila bahía. En el propio pueblo vimos una náutica y Dani paró a comprar un gancho de trabajo para retirar la tensión en la cadena cuando se fondeaba. El anterior grillete de fondeo se había ido al agua en un despiste en la travesía de Granada a Martinica. 18 euros al agua. Que rabia daba. En dicha náutica había de todo y no era la única náutica del lugar. Era evidente que Le Marin estaba preparada para cubrir todas las necesidades de los navegantes. Seguramente, para reparar el barco tendríamos que llegar hasta allí.

 

Tras Le Marin, seguimos el camino que bordeaba la bahía que se denominaba Cul de Sac du Marin y llegamos en poco rato a Sainte-Anne, una pequeña y turística ciudad que estaba a la entrada de la bahía. Sainte Anne contaba con una bonita playa y un fondeo que también estaba bastante abarrotado de barcos. Seguimos camino y llegamos por fin a la Plage des Salines. El lugar estaba abarrotadísimo de gente. Era curioso que aunque en Fort de France casi no se veían personas blancas, en esa playa, eran casi la totalidad. En la larga playa bordeada de cocoteros, nos bañamos, comimos y charlamos. Luego paseamos hasta la playa de Anse Meunier que era bastante más pequeña y ligeramente menos bonita. Ya de vuelta al coche, caminamos por el sendero que transcurría por el interior de la vegetación en vez de ir por la misma playa y observamos que ésta, era muy diferente a la considerada como tropical y que se encontraba en el centro y norte de la isla. En esa zona, era mucho más seca y muy parecida a la que existía en Granadinas. En el borde del sendero habían trampas muy extrañas que descubriríamos más tarde que eran para unos cangrejos muy grandes que se aventuran muy dentro de tierra.

 

Ya muy cerca del coche y en la misma playa, habían unas duchas de agua dulce y Elena casi se abalanzó sobre ellas con muchas ganas de endulzarse el pelo después de varios días “obligada” a ducharse en el mar. Tras la ducha volvimos a Sainte-Anne porque Elena quería encontrarles alguna cosita que llevarles a sus hijos y encontró unos collares de los que colgaban un auténtico diente de tiburón. ¡Menuda ilusión les haría!

 

De regreso a Fort de France volvimos a pasar por un centro comercial e hicimos una compra enorme de cosas no perecederas que esperábamos nos duraran hasta Venezuela. De paso, compramos algo venenoso para dar de comer a las “cuquis” esa noche. A ver si las desgraciadas desaparecían de una vez.

 

En Fort de France, Dani cargó el auxiliar con toda la compra y la llevó al barco mientras Sandra y Elena, se encontraron con Bruno que nos quería invitar a cenar. Nos llevó a un sitio bastante bonito al lado del mar donde enseguida acudió su mujer, Karine. Casi todos nos pedimos Lambi para cenar pero antes, y como era costumbre en Francia, tomamos un “aperitive”. Para el mismo, Bruno pidió a Dani y a Sandra un “Ti-punch”, un pequeño ponche muy típico en Martinique que se elabora con ron blanco, azúcar de caña y lima. Dani tuvo que endosar el “Ti-punch” a Elena porque aunque casi lo rellenó de azúcar para que estuviera bebible, le pareció una bebida demasiado fuerte para él.

 

La cena fue muy agradable y Bruno y Karine se despidieron de los dueños como si fueran amigos. Más tarde, descubriríamos que en Martinica la gente se relaciona con el prójimo como si fueran amigos y se quedan charlando un rato aunque no se conozcan de nada. Curiosa costumbre.

 

Al día siguiente, quedamos con Bruno y Karine y su hija Luna, para visitar algunas zonas de la isla. Bruno se adelantó para recogernos y de paso, lo llevamos al Piropo para enseñárselo. Luego, tras recoger a Karine y a Luna por su casa, emprendimos camino y tras pasar por Trois Ilets y observar el campo de golf que bordeaba en aquel lugar la carretera, llegamos a Pointe du Bout, un pequeño pueblo muy turístico y comercial donde habían unas pequeñas playas y una pequeña marina llena de barcos locales. En ese pueblo comimos unos creppes enormes y muy buenos y comimos un helado de frutas tropicales. Desde allí, fuimos a la pequeña playa que se encontraba en la diminuta bahía de Anse Noir donde nos bañamos y charlamos un buen rato. Cuando ya estaba casi oscureciendo, nos fuimos a Gran Anse d’Arlet que pudimos contemplar con la última luz del día. La bahía tenía una playa larga de aguas muy tranquilas abarrotada de veleros. Era sorprendente la cantidad de veleros que habían fondeados por todas partes. En dicho lugar, tomamos una bebida en un bar de la playa y de allí, nos volvimos a descansar al Piropo.

 

La entrada en el Piropo de noche era el momento “cuquis”. Siempre veíamos alguna. Esperábamos que con el veneno que habíamos puesto la noche anterior ya hubieran desaparecido pero no, vimos tres aunque eso sí, parecían más lentas y atontadas. Lo que estaba claro era que el veneno no era fulminante y parecía que actuaba poco a poco. Habría que tener paciencia y ver como evolucionaba la cosa en los siguientes días. ¡Que asco!

 

Esa noche también nos acostamos tarde charlando aunque Elena y Sandra aguantaron más ya que Dani, poco a poco se fue sintiendo cómodo en el sofá y abusando de la confianza de la compañía, se durmió profundamente.

 

El 27 de febrero nos tocaba devolver el coche a Sandrine. Ya había pasado una semana y nos sorprendió el comprobar lo rápido que pasaba el tiempo. Bruno se ofreció a acompañarnos hasta Ste-Luce para luego traernos de regreso a Fort de France. Para devolverlo, llevábamos el coche muy limpio pero Bruno nos comentó que allí era costumbre devolver el coche limpio, pero muy limpio, es decir, que nos tocó incluso ir a una lavado de coches para limpiarlo por fuera con mangueras y por dentro, con un aspirador. Curiosa e incómoda costumbre. Tras devolver el coche, visitamos Grande Anse du Diamant, una preciosa y enorme bahía que se caracterizaba por la Rocher du Diamant, un diminuto, rocoso y abrupto islote que se encontraba delante de la bahía y que en 1805 formó parte del Imperio Británico mientras el resto de la isla pertenecía a Francia y es que 100 soldados británicos ocuparon la roca equipados con cañones y atrincherados, se dedicaron a bombardear cualquier barco francés que se acercara por el lugar. Allí consiguieron aguantar 18 meses de asedio hasta que finalmente fueron expulsados pero mientras, consiguieron perjudicaron mucho a sus enemigos franceses ya que el islote estaba en una posición estratégica entre las aguas del canal que forman Martinica y Santa Lucía y la capital de Fort de France.

 

En el tranquilo pueblo de Le Diamant, que cuenta con la playa más larga de la isla con 4 kilómetros de largo, comimos en un lugar muy bonito que daba a la propia playa. El único inconveniente fue el precio que nos hizo reflexionar que la estancia en Martinica iba a hacer mucho daño a la economía del barco. Nos tocaría en el futuro ajustar un poco más de lo normal.

 

Tras la comida, volvimos a Gran Anse d’Arlet a darnos el baño que no pudimos el día anterior porque se había hecho tarde. Tras el baño, se puso a llover. Esperamos a que escampara resguardados y luego volvimos a coger el coche para volver a Fort de France.

 

El 28 era el último día de estancia de Elena en el Piropo. Tras pasar un buen rato de la mañana en el barco tranquilos, bañándonos y tomando el sol, quedamos con Bruno para comer en un chino muy popular de Fort de France que al parecer, siempre estaba abarrotado de gente. Luego, fuimos a tomar un cafecito en el bar del hotel que tenía la playa en el que estuvimos el primer día y estando allí, se puso a llover torrencialmente. No paraba de llover en Martinica. Y de allí, nos fuimos al barco a hacer la maleta y más tarde, Bruno nos llevó al gran Estadio de Fort de France donde él, en ocasiones, arbitraba y frecuentemente se entrenaba. Paseamos un poco por el campo mientras nos comentaba que existía un pequeño revuelo mediático en el mundo del fútbol relacionado con su persona y es que recientemente él había arbitrado un partido de Martinica contra Guadalupe y un jugado de Guadalupe había vertido contra él insultos racistas. Él lo había denunciado a todas las instancias y los medios de comunicación le estaban dando bastante bombo a la noticia porque era la primera vez que a cierto nivel, se daba en el fútbol una situación de racismo contra un blanco.

 

A la despedida también se sumaron Karine y su hija Luna y con bastante tristeza, despedimos a Elena. Esperábamos que en no demasiado tiempo, nos hiciera una nueva visita aunque claro, sabíamos que era difícil por la distancia y la falta de tiempo. Nos sabía mal lo poco exótico que había sido su visita. La pobre, que tenía ganas de navegar a vela entre islas paradisíacas de arena, con buenos buceos y playas, había recalado en Martinica, que si bien era bastante bonita, no era ni mucho menos la isla más exótica del Caribe y lo peor, que con el estado del Piropo, no la habíamos podido ni sacar a dar una vuelta. No obstante, y creíamos que sí, esperábamos que se lo hubiera pasado muy bien.

 

El día 29 lo destinamos a la visita de un ginecólogo. Días antes, Elena, en alguna de sus conversaciones con Sandra, le advirtió que si tenía ciertos dolores existía la posibilidad de un peligro grave incluso en una edad relativamente temprana. Así pues, decidimos consultar con un médico para quedarnos absolutamente tranquilos. Para ello, el día anterior habíamos preguntado por preguntar a Bruno si conocía alguna clínica privada y el pobre, inmediatamente, llamó a su mujer y a los diez minutos ya teníamos concertada una visita para el día siguiente a primera hora de la tarde. Encima, nos vino a recoger en coche con su mujer para acompañarnos y hacernos de intérprete por si era necesario. El ginecólogo hacía esperar varias horas a sus pacientes en la consulta y luego resultó un poco brutote porque sin ningún miramiento, se rió de las preocupaciones de Sandra cuando nosotros pensamos que podían ser muy ciertas. Al final aceptó hacer la ecografía y el resultado fue muy satisfactorio: Sandra estaba en plena forma. El precio de la consulta fue de 107 euros. Seguían inexorablemente surgiendo gastos pero al menos, nos quedamos muy tranquilos.

 

De la consulta, volvimos al barco porque la larga espera en el centro médico, no nos dio para nada más.

 

El día uno de marzo, desembarcando a tierra, descubrimos un barco español fondeado en la misma bahía. Era el Guayacán. Pasamos rápidamente a saludar a sus integrantes y descubrimos a unos gallegos muy simpáticos. No obstante, no nos pudimos quedar mucho tiempo con ellos aunque nos invitaron porque habíamos vuelto a quedar con Bruno. El día anterior le preguntamos si conocía un cibercafé cercano al puerto sólo por conversar y él, como siempre tan solícito, quedó con nosotros al día siguiente para llevarnos. Habíamos quedado con él a última hora de la mañana y nos fuimos juntos primero a comer al popular chino al que habíamos ido unos días antes y que estaba muy rico y de allí, nos llevó al cibercafé. No nos quedamos en el cibercafé porque nos sabía mal que Bruno se quedara allí mirándonos y decidimos que, sabiendo donde estaba, ya iríamos al día siguiente para ir a colgar alguna entrada de la página web que la teníamos abandonada por la falta absoluta de tiempo.

 

Justo al lado del cibercafé, había una gran náutica y entramos a preguntar por las posibilidades de arreglo del Piropo. Aunque no lo pareciera con tanta fiesta de carnaval y tanta visita turística, el barco tenía unas averías pendientes de arreglo que nos preocupaban mucho porque ignorábamos su gravedad. Contamos a Bruno los problemas más graves, la pérdida de aceite en el motor y sobretodo, el movimiento de la caña del timón y él luego, se lo comentó al dueño de la náutica. Él le dio sus hipótesis aunque la conclusión clara era que el único lugar donde nos podrían arreglar el barco era en Le Marin, al sur de la isla ya que en Fort de France no encontraríamos a muchos profesionales. También nos facilitó el teléfono de un hombre que al parecer, se dedicaba a ciertas reparaciones en Le Marin y a su vez, era muy extrovertido y conocía al todo el mundo. Nos aseguró que esa persona nos podría ayudar. En agradecimiento, compramos en la náutica un par de cosas que necesitábamos pero que no eran urgentes para compensar un poco la amabilidad del dueño de la náutica.

 

De la náutica nos fuimos a una tienda un poco rara de material militar y policial. Ropa de camuflaje, cascos de guerra, emblemas de ejércitos, esprais antivioladores, esposas, etc. El motivo de estar allí es que nos habíamos planteado que nos vendría bien llevar encima una porra telescópica que como su propio nombre indica es una porra que se pliega sobre si misma, ocupa poco espacio y se abre con mucha facilidad sólo haciendo un gesto. Sabíamos de su existencia por Roberto, un amigo nuestro de Barcelona que es policía. Quizá fuera un poco paranoico y a la hora de la verdad no serviría de nada, pero creíamos que en dos ocasiones anteriores en el viaje, quizá nos hubiera venido bien contar con una. Por ejemplo, nos hubiera servido cuando en Canuan, aquel perrito violento casi mordió a Sandra. También nos hubiera venido bien, al menos para tener algo en la mano y engañarnos, cuando en Saint Vincent aquel hombre un poco borracho en un camino solitario, se nos iba acercando diciéndonos cosas con un machetón colgando de la cintura.

 

De la entrañable tienda fuimos a una cafetería a tomar un café con Bruno y luego, pasamos a recoger a su hijo Kenzo por la guardería. De allí, ya regresamos al Piropo. Subiendo al barco desde La Poderosa a Dani se le cayeron las llaves del barco que, aunque estaban atadas a un llavero de los que tienen un gran flotador, como una de las llaves estaba enganchada con un candado, se fueron todas a pique. Una “alegría”. Menos mal que Sandra tenía las suyas y pudimos entrar sin problema.

 

Al día siguiente lo primero que hicimos fue localizar un sitio adecuado y hacer copias de las llaves que se nos habían caído por la borda la noche anterior. Luego, llamamos a nuestro amigo Albert de Barcelona que como buen experto en barcos, nos orientó sobre lo que él consideraba que le estaba pasando a nuestro barco. Después, fuimos a Internet a colgar alguna entrada que teníamos preparada a ver si conseguíamos poco a poco, ponernos al día ya que seguíamos retrasadísimos. En aquel lugar habíamos quedado con Bruno para ir a comer algo y luego, quería acompañarnos a comprar un móvil. Al principio el interés sólo lo tenía él ya que debía hacérsele muy dificultoso relacionarse con alguien que no tuviera uno. A nosotros no nos interesaba demasiado contar con un móvil pero cuando nos enteramos que la compañía funcionaba en todo el Caribe, pensamos que quizá a la familia le podría gustar porque si lo consideraban oportuno, podrían llamarnos cuando quisieran o lo necesitasen. Compramos el más barato de la tienda. Bruno nos invitó luego a una fiesta que organizaba un amigo suyo para celebrar un cambio de trabajo. Pasamos primero por el barco para arreglarnos un poco y nos dirigimos a la fiesta. Allí conocimos a Robusto, que era un buen amigo de Bruno y que hablaba perfectamente español porque había estudiado un master en España. Nos estuvo contando muy simpático, todas sus divertidas anécdotas de su estancia viviendo en Valencia.

 

Ya totalmente de noche, nos despedimos de todos los integrantes de la fiesta y con Bruno y su familia, fuimos a cenar un creppe. En la cena Bruno nos invitó a llevarnos el sábado siguiente a ver un partido de fútbol que él arbitraba. A él se le notaba muy ilusionado por llevarnos y a nosotros también nos pareció una curiosa experiencia el presenciar un partido de fútbol local.

 

Ya en el Piropo, comenzamos a atrevernos a confirmar que la presencia de nuestras queridas amigas “las cuquis” se hacía cada vez menos visible. Era muy difícil verlas y si veíamos alguna era minúscula que debería haber salido de algún huevo. Era impresionante la capacidad reproductiva de esos insectos y la dificultad de exterminarlos pero poco a poco, lo estábamos consiguiendo. Ya nada era comparable con los días en que Elena estuvo con nosotros en que la pobre, se tuvo que tragar lo peor de la plaga.

 

El 3 de marzo nos tocó volver a la tienda de móviles porque no podíamos recibir llamadas desde España. Estábamos un poco cabreados porque era para lo único que lo queríamos. Llegamos a la tienda y nos dijeron que el prefijo lo poníamos mal y que había que ponerlo de otra forma. Como ya preveíamos que nos dirían algo así, que nos iríamos y que luego descubriríamos que lo que nos decían no era cierto, nos habíamos llevado el teléfono satélite para comprobarlo in situ. Y bien que hicimos porque no funcionaba lo que nos dijeron. Era increíble como se podía confiar en la ineptitud de estas compañías. Nunca te fallaban. Lo mejor era que las dependientas decían que seguro que ese era el prefijo y que no lo entendían. No eran capaces de dar otra solución. Parecía que no se fiaban del funcionamiento del teléfono satélite. Dani se puso a probar y a hacer combinaciones con los números que daban ellas y por casualidad, descubrió que sobraba un cero al número que nos habían indicado. Se lo comentamos un poco cabreados y su contestación fue cantar la canción de “uno, dos, tres, un pasito palante María”. En fin…

 

Luego pasamos por la náutica a comprar una válvula de dos vías que no nos funcionaba demasiado bien y un bote de sikaflex y de allí, al barco donde nos pasamos toda la tarde acurrucados refugiados de la fuerte lluvia que caía casi sin descanso.

 

El 4 de marzo quedamos de nuevo con Bruno y su familia para ir a la playa. De camino descubrimos que realmente íbamos a una fiesta en la que se celebraba el cumpleaños de una amiga. Llegamos a la playa que estaba en Sta-Anne y allí, en una mesa de madera de la playa, tenían música, pastel y mucho champagne. No paraban de abrir botellas de champagne. Martinica era el departamento de Francia en el que más champagne se bebía en términos absolutos. ¡Una barbaridad! En la fiesta hablamos con unas chicas que hablaban un poco de inglés y de español y que estaban desenfrenadas ya que no paraban de bailar. Se nos hacía raro esa animación a plena luz del día en la playa.

 

Cuando la fiesta finalizó, nos fuimos con Bruno y su familia a un bar que contaba con una larga terraza sobre un largo pantalán de madera en la bahía de Sta-Anne donde había gran cantidad de barcos fondeados. Allí picamos unos accras que son una especie de buñuelos de pescado o gambas muy típicos en Martinica y más tarde fuimos a cenar. Tras la cena, regresamos a Fort de France porque ellos tenían que ir a trabajar.

 

Al día siguiente teníamos previsto irnos a Le Marin para centrarnos en las reparaciones del barco.

 

En la próxima entrada os contaremos como han ido todas las laboriosas reparaciones en el barco y nuestra estancia en Le Marin, donde hemos hecho muchas amistades con gente muy interesante.

 

Hasta pronto.

 

 

   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   

 

2 comentarios a “MARTINICA (1ª Parte):Travesía de Granada a Fort de France (Martinica) y días de estancia en Martinica. Del 17 de febrero al 4 de marzo de 2012.”

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